Por Ángel Gutiérrez
Hay quienes creen que el verdadero arquitecto de Las Pozas fue Edward James. Pero basta caminar unos minutos entre la niebla de Xilitla para entender que la historia comenzó mucho antes de que el poeta británico colocara la primera piedra.
Fueron los árboles
Mucho antes de que aparecieran las escaleras que no conducen a ninguna parte, las flores de concreto de más de diez metros de altura o las columnas que desafían toda lógica, la selva ya había construido su propia obra maestra. Fue precisamente ese paisaje exuberante el que convenció a James de permanecer en la Huasteca Potosina y dedicar gran parte de su vida a materializar uno de los jardines surrealistas más extraordinarios del planeta.
Cada 28 de junio, el Día Mundial del Árbol recuerda la importancia de los bosques para la vida en la Tierra. En Las Pozas, sin embargo, la fecha adquiere otra dimensión: celebra al verdadero protagonista de este lugar.

Para James, los árboles nunca fueron un simple fondo verde. Eran esculturas vivas. Observaba la manera en que sus raíces rompían las rocas, cómo los troncos capturaban la humedad y cómo las copas filtraban la luz para transformar el paisaje a cada hora del día. Aquellas formas orgánicas terminaron infiltrándose en su imaginación y, con el tiempo, en sus dibujos, poemas, cartas e incluso en su novela El jardinero que vio a Dios.
Muchas de las estructuras que hoy parecen brotar de un sueño fueron concebidas para convivir con los árboles, no para sustituirlos. Algunas rodean cuidadosamente los troncos existentes; otras imitan hojas, flores y ramas, como si el concreto intentara aprender el lenguaje de la selva.
No es casualidad
Las Pozas protege cerca de 39 hectáreas de selva tropical y bosque de niebla, uno de los ecosistemas más biodiversos de México. Dentro de este santuario natural se han documentado más de 1,300 especies de flora y fauna, incluidas 40 especies de árboles, además de orquídeas, helechos arborescentes, musgos y bromelias que encuentran aquí las condiciones perfectas para prosperar.
Durante la temporada de lluvias el jardín revela quizá su versión más cercana a la visión de James. Las cascadas recuperan su fuerza, los muros se cubren de musgo y el dosel verde vuelve casi invisible el límite entre arquitectura y naturaleza. Por momentos, resulta difícil distinguir qué fue construido por el hombre y qué ha permanecido ahí durante siglos.
Hoy, la Fundación Pedro y Elena Hernández A.C. trabaja para conservar ese delicado equilibrio mediante programas de restauración ecológica, monitoreo de especies y manejo sustentable del paisaje, entendiendo que proteger Las Pozas significa cuidar mucho más que un conjunto de esculturas.
Porque el verdadero patrimonio de este lugar nunca ha sido únicamente el concreto.
Y quizá esa sea la mayor paradoja de Las Pozas: uno de los escenarios más surrealistas del mundo nació gracias a algo profundamente real. Un árbol.


